Hace tiempo mi madre me enseñó a entender la belleza, sugiriendome que no tenia nada que ver con la perfección.
Que siempre era más fácil encontrarla desde el cariño y que eso es a lo que llamamos, humano.
Por ejemplo, caminando encontrabamos un nido abandonado en el suelo de nuestro paseo, lo levantaba y con delicadeza me mostraba, algunas ramitas desprociornadas y otras escasas, nadie podía decir que fuera perfecto pero nadie podía discutir que no fuera bello, entonces me lo apoyaba en el pecho, y me decía.. sentí....sentí... como estuvo lleno de vida y de maravilla en otro momento que ahora solo y un poco triste, ese nido imperfecto, igual había sido un hogar bello,..yo no sentía nada... pero fingía que lo hacía, de todos modos y sin querer ese momento también era un instante pleno de belleza imperfecta.
Constelaciones y galaxias equivocadas, repletas de errores y de imperfecciones que la belleza contiene que dejan un sabor distinto, frente al otro deseo mutante de la necesidad de lo perfecto.
El mar lastima la arena a veces, sin querer devuelve la ola, alguna desubicada madera o un distraído residuo fuera de lugar, pero que no alcanza para desalentar la maravilla del mar y su suceso..
Y aquí estamos los dos descubriendo lo hermoso de nuestras minúsculas y mayúsculas imperfecciones, sabiendo que la belleza es una intención que nos ayuda a mirar lo bueno, y lo bonito en todo, encontrando también pequeños aciertos en este plan-amor lleno de matices irregulares, con la necesaria intención de encontrar lo hermoso en todo lo que el universo , nos propone.
Aquí estamos los dos, proponiendonos simples imperfectas y humanas bellezas... para cuidarnos y querernos.