Doña Lucrecia se va volviendo niña de a poco, otoño tras otoño. Le encanta estar con otros niños que a veces se olvida que son sus nietos y confunden sus nombres, los niños se rien de sus olvidos y disfrutan de sus nombres inventados y los adultos se enojan de que no recuerde.
Le dicen que está perdida y ella se encuentra cada vez mejor en ese espacio niña que ahora le toca y bautiza todos los días de nuevo a sus muñecas. Corre sin correr, lo hace con su mirada y van sus ganas detrás de los niños que juegan lejos en la vereda, su mirada, vuela con ellos detrás de los juegos.
Si no fuera por sus huesos y su caderas correría con ellos. Disfruta del sabor del dulce de leche como antes y prefiere el merengue a cualquier otra delicia. A la tarde canta canciones que solo escucha ella y escribe un poema para su madre.
Doña Lucrecia quiere que la nombren Lucre y se va alejando de los protocolos y las normas sociales y habla con el lenguaje despiadado de la infancia e insulta y luego se ríe, como hacia cuando fue la otra niña del cabello rojo y sigue su camino del blanco invierno que lo va cubriendo todo no tan de a poco.
Mira los pajaros e imita su vuelo, con gestos breves de sus manos que aletean sin que nadie se de cuenta, se sonríe, cuando le toque volar, ya sabrá como hacerlo. Me mira a los ojos y sabe que veo la niña que es, se ríe de nuevo, se sirve otro dulce y me dice en secreto: - No les digas a nadie.
Yo no lo digo, le escribo a la niña de los ojos lejanos y me guardo su sonrisa, para pasar el invierno. Algunos creen que se va perdiendo yo siento que se va encontrando, con lo que siempre fue.