Ya no se trata de lamentarse por un magro resultado deportivo sino que el problema es mayor: la escasa cultura olímpica que caracteriza al fútbol argentino desde el inicio del profesionalismo en 1931. Dos medallas de plata obtenidas en París 1924 y Amsterdam 1928 recién volvieron a tener correlación de fuerzas con las preseas doradas de Atenas 2004 y Beijing 2008. Luego, desde 2012 en adelante, tres fracasos al hilo. Ahora, en Tokyo 2020 tocó despedirse en fase de grupos tras una performance pobrísima en tres juegos. Como muestra de impotencia, los minutos finales frente a España mostraron el recurso futbolístico escaso de llenar el área rival de pelotas a cargar y centros buscando la cabeza salvadora. El DT Batista no le halló la vuelta al equipo, aunque también es cierto que se le negaron jugadores (Boca/River) y debió variar su plan inicial. La AFA tampoco apoyó en demasía y el plantel no tuvo la riqueza que se preveía. Una pena que la visión del olimpismo siga en segundo plano para la patria futbolera.