Te encanta desnudar palabras y mandarinas al mismo tiempo en este otoño distraído, descubrir el dulzor de las palabras y el naranja amanecer del corazón fruta.
Te gusta encontrar el origen exacto del bien en todo y saber desde dónde vienen las palabras iluminadas.
Te gusta hundirte en el poco celeste que nos deja la ciudad, imaginarte libélula y no olvidarte de volar los jueves.
No te gusta ningún invierno, ni siquiera el del otro mundo. Te acuerdas de una despierta canción del pasado, del día cuando la niñez fue amor, y se convirtió en suave fuego que encendió futuros.
Te ves igual y distinta frente al dolor de los otros, fuera de las lógicas y las razones de los demás, te animas a sentir, parada en la calle, dónde nadie se anima a la emoción. Te ilumina lo bonito y no te entretienen las máscaras, preferís lo natural en todos los cariños.
Entendés las primaveras, que se esconden en los jardines y cómo se quiere a través de las edades, reconocer los límites necesarios y pasar por encima de las fracasadas fronteras. Mientras te llamo y te vuelvo a llamar, desde el gris, aparecen estas mías, algunas razones para esperarte, que son las mismas, que las que son para amarte, que se me ocurrieron mientras el viento se llevaba también la tarde, y te esperaba hasta el infinito.